Disfrutacriando: nuestra historia

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Siempre con la Pao conversábamos de hacer “algo juntas” coincidíamos en nuestros deseos de crear un algo que nos permitiera entregar un servicio a nuestros iguales: entregar experiencia, conocimientos, espacios, empatizar con los nuestros.

Por mi historia de vida, me vi en la necesidad de dejar de trabajar en  mi profesión y de dedicarme a las labores del hogar. Con las de mamá seguía, mas intensa sí. No deje de pensar en inventar ideas de como podía entregar algo de mi, en beneficio de mis iguales.

En este contexto y, además con la formación de su padre; en la Pao, al igual en que nuestros otros tres hijos, fue creciendo y naciendo este espíritu de servicio y entrega, y desde luego el tema paso a ser nuestro tema. → más sobre Disfrutacriando: nuestra historia

El nacimiento de nuestro ser madre

Laura Gutman

Hemos pasado la infancia practicando con nuestras muñecas a mecer a los bebés, calmarlos, vestirlos, desvestirlos, retarlos y dormirlos. Sin embargo, cuando el bebé real irrumpe en nuestra vida adulta, nos sorprendemos al constatar que hay pocos puntos en común entre el bebé soñado y ese monstruito que llora en los momentos menos oportunos. Y que no es verdad que los bebés sólo comen y duermen, sino que hemos quedado prisioneras de un ser voraz, necesitado al extremo, malhumorado y demandante.madre-e-hijo

Posiblemente la sorpresa tenga que ver con el desconocimiento con el que las mujeres llegamos a la maternidad respecto al fenómeno de la “fusión emocional”.  Para abordarlo, es menester darnos cuenta que la realidad no sólo está constituida por elementos visibles, concretos y palpables. Sino que también existen los mundos sutiles, los campos emocionales, perceptivos, intuitivos o espirituales. Aunque invisibles, suelen manejar los hilos de nuestra vida consciente.

En el caso de la díada mamá-bebé, es conveniente enterarse que ambos pertenecemos al mismo territorio emocional -como dos gotas dentro del océano- y que esta unión sin límites precisos perdurará en el tiempo, aunque nuestros cuerpos hayan sido separados a partir del parto y nacimiento de la cría.

“Fusión emocional” entre mamá y bebé, significa que sentimos lo mismo, percibimos lo mismo, independientemente de “dónde se origine” la sensación, ni si el sentimiento pertenece al presente, pasado o futuro, ya que en el mundo emocional no importan ese tipo de  fronteras. De hecho, las mamás “sentimos como un bebé” cuando no toleramos un sonido demasiado fuerte, cuando nos angustiamos si hay demasiada gente alrededor o cuando nuestros pechos se llenan segundos antes de que el bebé se despierte. Del mismo modo, el bebé “siente como su mamá” cuando expresa a través del llanto o de diversas enfermedades, un sinnúmero de situaciones emocionales tales como: angustia por sentirnos exigidas por el varón, dificultades económicas, obligaciones que no podemos cumplir,  la ausencia o lejanía de la propia madre, o pérdidas afectivas, por ejemplo.

Pero lo más impactante es darnos cuenta que dentro de la “fusión emocional” el niño vive como propias las experiencias de nuestra propia infancia que se actualizan y plasman en su cuerpo. Sobre todo aquellas vivencias que ya “no recordamos”, que han pasado “a la sombra”. Pues bien, la verdadera dificultad del devenir madre, no tiene que ver con ocuparse correctamente del bebé, sino con el dolor que supone confrontar ahora con las penas que no hemos podido asumir cuando éramos niñas. Devenir adultas de verdad, es darnos cuenta que hoy en día contamos con mayores recursos emocionales para hacernos cargo de nuestra historia y de las elecciones que hemos llevado a cabo.

Concretamente, las madres podemos hacer la prueba -cuando no logramos calmar al bebé  ofreciéndole el pecho, ni meciéndolo, ni hablándole ni sacándolo a pasear-  recordando alguna situación dolorosa o no resuelta de nuestra infancia, relativa al vínculo con nuestros padres. Si hemos podido traer a la conciencia alguna vivencia significativa, entonces intentemos relatarle al niño con palabras sencillas aquel dolor, aquel sufrimiento o rabia o vergüenza que aún vibra en nuestro interior. O bien, expliquémosle al niño la dificultad o el desacuerdo que tenemos actualmente con nuestra pareja, o la preocupación por la falta de trabajo, o el hartazgo por los malos entendidos con la vecina, o incluso la angustia sorda por esa amiga que emigró. Constataremos que el niño, que dentro de la “fusión emocional” vive como propias todas nuestras sensaciones -incluso las que no reconocemos como tales- se calmará. Porque sabrá de qué se trata.

Pero mucho más valioso aún resulta darnos cuenta qué importancia puede tener para cada una de nosotras reconocer ciertos sentimientos que hemos descartado por considerarlos antiguos, obsoletos o  poco valiosos. De este modo, con la ayuda de nuestros hijos -que son espejos del alma materna- podremos reconocernos tal cual somos, y colocar en un lugar superlativo las cuentas que tenemos pendientes con nosotras mismas. Nuestros bebés lloran nuestras penas, vomitan nuestros hartazgos, se brotan de nuestras intoxicaciones emocionales y se enferman de nuestras incapacidades de mirarnos con honestidad.

Esto no significa que tenemos que tener nuestra vida resuelta, ni que seamos “culpables” de lo que les acontece a los niños. Al contrario. Es una oportunidad que las mujeres adquirimos a través del acto de maternar, para conectarnos con nuestro riquísimo mundo emocional, comprendernos y respetarnos. La expresión que el niño asume de nuestros deseos y fantasías relegadas, nos obliga a hacernos preguntas existenciales, íntimas, genuinas y profundamente femeninas.

En definitiva, no devenimos madres necesariamente cuando parimos al niño, sino en el transcurso de algún instante de desesperación, locura y soledad en medio de la noche con nuestro hijo en brazos. Cuando la lógica y la razón no nos sirven, cuando nos sentimos transportadas a un tiempo sin tiempo, cuando el cansancio es infinito y sólo nos resta entregarnos a ese niño que expresa nuestro yo profundo y no logramos acallar, entonces nuestra madre interior ha nacido.

Laura Gutman

Sintonizate con tu bebé

Extraído de Instituto Talaris: fuente

Aun antes de que puedan hablar, los bebés se valen de las expresiones de la cara y de los movimientos del cuerpo, o lenguaje corporal, para comunicarse.

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Dicen mucho sin palabras

Aun antes de que puedan hablar, los bebés intentan comunicarnos lo que quieren o necesitan. Uno de los gozos de ser padre o madre es aprender cómo se comunica nuestro bebé. Después de todo, cada bebé es único y singular.
A veces los bebés siguen llorando sin importar lo que se les haga. Esto puede ser muy difícil para todos y ocasionar estrés. Si te encuentras abrumado/a o enojado/a, podría ser una buena idea poner al bebé en la cuna por unos momentos para que puedas respirar profundamente unas cuantas veces y tranquilizarte. Si es posible, busca ayuda de un familiar o amigo.

A veces un bebé que está llorando responderá a un cambio sencillo. Podría intentar llevar al bebé a otro salón de la casa o salir juntos al aire libre, cantarle una canción, dar un paseo con el bebé en el carrito, llevarlo en el coche o bañarlo. A veces los bebés son perturbados por cosas en las que los adultos no nos fijamos, como luces brillantes o sonidos, y un simple cambio podría surtir buen efecto.

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